Los que me conocen desde mi adolescencia saben que la obesidad nunca fue mi problema, que me alimento muy sano desde los 13 años y que nunca he cambiado mis buenos hábitos alimenticios. Además de ser delgada, amaba mi cuerpo tal como era: todo pequeño y proporcionado, poco busto, piernas delgadas, glúteos en su justa medida; en fin, me gustaba todo de mi físico, además de que siempre he sido súper bella. Al salir embarazada solo subí 10 kilos que literalmente bajé a los 15 días sin hacer ninguna dieta. Sin embargo, cuando mi hijo cumplió dos años, empecé a subir de peso. Poco a poco llegué a tener 13 kilos de sobrepeso.

Mi alimentación no había cambiado pero mi estilo de vida sí. A partir del poco tiempo de nacido mi pequeño, yo estaba sola con toda la responsabilidad, además de una carga emocional de la cual me costó liberarme. Sentía rabia, dolor, decepción y sin ganas de volver a enamorarme.

Sólo pensaba en cuidar a mi hijo y trabajar mucho para poder darle todo lo que necesitara, y así, sin darme cuenta, empecé a tener un poco de obesidad, a olvidarme de ser mujer y a enfocarme solo en mi maternidad y en mi profesión.

El despertar de conciencia sobre la obesidad

En el proceso de sanar mis heridas estaba perdonar a mi expareja por traicionarnos y abandonarnos a mí y a nuestro hijo. Eso me costó mucho, cada vez que pensaba que lo había superado, pasaba algo que me demostraba que todavía faltaba y que debía seguir en el trabajo de sanar.

Hasta que un buen día me di cuenta de que el verdadero perdón llegó. Al mes de que mi tesoro cumpliera tres años, su papá se atrevió a conocerlo. No lo había visto desde los dos meses de nacido. Mi hijo emocionado corrió a sus brazos porque lo identificó inmediatamente, ya que desde muy pequeño yo le mostraba la foto de su papá y le decía que él lo amaba y cada noche orábamos por él.

Ese momento tan lleno de felicidad para mi hijo también significó un gran episodio para mí: Cuando su papá me vio, solo se le ocurrió decir que parecía una bola, que estaba fea y con sobrepeso… yo les juro que en ese momento lo único que pude sentir por él fue misericordia, porque me di cuenta de que era ciego y solo deseé que algún día pudiese entender que la verdadera belleza es interna.

Pude decirle muchas cosas en ese momento, pero solo sonreí porque en ese instante fui consciente de que no me afectó para nada lo que dijo. Sentí paz y agradecimiento hacia él por ser co-creador de mi hermoso niño, además también me sentía hermosa, más hermosa que nunca, porque mi corazón me estaba gritando que ya estaba sano y desde ese momento todo cambio dentro de mí, como dice la canción.

De Vuelta al Amor Propio, a un lado la obesidad

Pensar en el amor ya no era un NO rotundo, y empecé a desear enamorarme de nuevo, pero sin afán. Volví poco a poco a darme tiempo para mí y sobretodo, dejé de criticar mi cuerpo por la obesidad y a entender que cada kilo era la pesada carga que sentía, no solo por la responsabilidad financiera y de crianza, sino por la falta de perdón. Es duro no perdonar ni a la otra persona ni a uno mismo por haber cometido una equivocación.

Resulta que cuando perdonas y te perdonas, te das cuenta de que nada hay que cambiar, que todo pasa por algo y que no hay errores sino grandes aprendizajes.

Ahora veo mi cuerpo con una pizca de sobrepeso y no lo critico, ni lo desconozco, porque eso me pasaba, yo me veía al espejo y no podía reconocer mi figura, no me sentía yo; pensaba que mi verdadero cuerpo estaba escondido bajo esos kilos, pero ahora me observo y por el contrario, le agradezco a mi anatomía todo lo que me ha enseñado con cada kilo de más.

No se tiene obesidad solo por comer mal y no hacer ejercicio, también ocurre cuando te abandonas como individuo, cuando dejas de amarte, cuando el amor como mujer pasa al fondo de tus deseos, cuando solo quieres ser una madre 4×4, cuando tienes el peso de la rabia y la decepción.

He aprendido que puedes dejar de tener sobrepeso con dietas y ejercicios, pero también que puedes hacerlo si vuelves a enamorarte de ti, si perdonas, si te reconcilias con la imagen frente al espejo y aprecias de nuevo tu verdadera belleza.

Les digo que sin darme cuenta, mi cuerpo está despojándose de la obesidad y retomando su forma, si es cierto que volví poco a poco a ejercitarme, pero por amor a mí y no por buscar una figura esbelta, siempre he sido bella y eso no lo puedo negar jajaja, pero ahora soy mucho más hermosa porque cuando me veo al espejo, observo siempre mi corazón completamente sano. Nunca olvides que «hacernos conscientes de lo que pasa en nuestro interior es la llave para mirar el mundo con otros ojos» y recuerda que puedo darte la orientación y asesoría para familias y adolescentes con problemas como la baja autoestima.

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